lunes, 7 de enero de 2008

Pasión por la piedra





Mateu Amel·ler en su estudio de Cala Blanca./Mont F.

Pasión por la piedra
Por Txiqui Navarro
Para Revista 2PUNTS-Menorca

En la entrada de Cala Blanca, al sur de Ciutadella, una casa llama la atención del paseante por el abigarrado mundo de figuras de marés que asoman tras los muros del jardín. Búhos de ojos muy abiertos, palomas orgullosas de sus misiones mensajeras, gatos más propios de la corte de Cleopatra, doncellas pintadas con colores pop, y ranas y lagartos. Un universo cincelado en la piedra porosa y arenos de marés por las manos, fuertes y sabias, de Mateu Ametller, un hombre que a los 70 años ha convertido su oficio en una forma de vida.

Vivió su infancia y primera juventud en el seno de una familia campesina donde conoció la rudeza del frío, el calor y la humedad y la simpleza de quiénes apenas sabían leer. Tras cumplir su servicio militar, el veinteañero Mateu cruzó la frontera y se empleó en la vendimia francesa donde cobró sus primeros dineros. Ahí comien zó a moldear su carrera, comprando locales y arreglándolos como bares y restaurantes de ambiente rústico. También estuvo en Eivissa, coincidiendo con la moda Libs y el arranque de lugares míticos como el Kisss Bar, el Pachá o el Play Boy. Impuso sin problemas sus criterios de decoración, adquiridos de manera autodidacta, siempre de cara al cliente, para que en sus locales cada cual se sintiera protagonista y pudiera exhibir su guapura y sus excentricidades.

Cuenta Mateu que fue él quien inventó el concepto pasarela para orga nizar el espacio de un bar. Una cristalera en la fachada para que te vean llegar en coche, y enseñarlo. Y la entrada, para encaminar al cliente por un pasillo imaginario entre la gente sentada en la barra principal y los taburetes situados en frente, contra la pared... para lucir la ropa y el cuerpo, parta ser visto y triunfar... Pero esto es historia pasada, Mateu, ahora, trabaja con mayor tranquilidad aunque apegado a su principio inalterable de crear y recrear a partir de cuatro materiales: piedra, madera, plantas y hierrro.

Ahorabién, su desmedida pasión por la piedra le ha empujado a crear un universo de personajes que llenan los patios de su casa creando una escenografía surrealista repleta de animales y personajes inspirados en la iconografía egipcia. También las mujeres jóvenes le motivan y aparecen esculpidas, como en bajo relieve, como si de naipes gigantes se tratara, con la suavidad que evoca el marés y el contraste de la policromía chillona de sus maquillajes y avalorios.
Dice Mateu que, en verano, cierra las puertas y suelta a los perros, porque los turistas intentan invadirle la casa tomándola por un museo. Y habla de la piedra como si hablara de un ser querido, de sus texturas, colores, y formas, de las que van mejor para una obra y de qué canteras vienen. Y cuenta que sigue aprendiendo, de sus amigos pintores y de quiénes escriben. Que aplica sus conocimientos a su arte y que por lo tanto, trabajar le hace feliz. Es por ello que no vende sus esculturas, las regala. Y Ciutadella muestra en las rotondas de sus rondas algunos conjuntos de búhos y gatos así como alguna pieza de tono más abstracto, siempre en piedra, siempre en marés.

El taller en el que Mateu trabaja no es ni grande ni chico, ocupa una esquina del superpoblado patio con su última pieza en proceso sobre un tablón. Una patena de polvo blanco lo cubre todo, ¡ah, el marés! Las paredes cubiertas de enormes fotos de mujeres guapas, una de ellas sentada en la escalinata de un antiguo edificio, bebiendo una cocacola... ”Es la chispa de mi vida”, dice Mateu, ”fue mi novia hasta que me fui a la mili y luego, a Francia. Los días que me cuesta empezar a trabajar miro la foto y me siento mejor, con ganas y buen humor... Las mujeres guapas me animan”. En un panel las fotos del montaje virtual de su última cesión, veinte palomas egipcias colocadas en lo alto de un edificio emblemático de Ciutadella. Ruegos de mantener en secreto el dónde y el cuándo. Respeto obliga.
El paseo prosigue por el patio, entre esculturas y plantas, con sus anécdotas cada una, cobran vida por el alma que les concede su creador, orgulloso y sensible, y por la luz de un sol camino de ponerse. El marés, camaleónico, se pinta de ocres y naranjas y sus formas proyectan sombras imposibles. Mateu se emociona, señala y toca. Y cuenta sus trucos, como si en vez de escultor fuera un mago.


1 comentario:

goroka dijo...

La piedra,precioso oficio, por un momento he recordado las canteras de granito rojo de Aswan(Egipto).La piedra fría que nos evoca tantos y tantos paisajes bucólicos.Un beso con sabor a guijarro!!!