domingo, 11 de enero de 2009
sábado, 10 de enero de 2009
viernes, 9 de enero de 2009
Platillos volantes

El otro día, recuperaron por la tele la película Platillos volantes, de Óscar Áibar. ¡Qué gozada! Es necesario revisarla... Una preciosa recreación de nuestra España de los 70 con la fantástica obsesión de fondo por una sociedad sin moral ni gobierno, sin trabajo ni clases sociales. Una utopía traída ¿cómo no? por seres de otro planeta que convocan una conferencia de paz mundial... Una comedia agridulce, sorpredente y grande, muy grande. Sí creo. Ah, y una banda sonora muy especial. Disfrutadla.
jueves, 8 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Esperando a los Reyes Magos en Binimel·là

Binimel·là. Costa Nord de Menorca / Tx.N.
Va de magos, de prestidigitadores y de malabaristas. Ante los juegos inexplicables, estupor... Estupor ante la partida a tiempo perdido que juegan los legítimos representantes de la ciudadanía europea para detener la última y atroz ofensiva israelí sobre la franja de Gaza. Protegen su casa, dicen unos. Que los echen al mar, los otros. Y el toma y daca sigue sin parar. Para que tomen siempre los mismos y los que dan... también siempre son los mismos. De un lado y del otro. Y mientras, salones e informes, secretarias y traductores, asesores y más asesores... Y donde siempre, casas derrumbadas, huertos saqueados, cabezas reventadas, vientres desangrados y piernas amputadas. Y sin anestesia, ni calefacción, ni cosa decente que llevarse a la boca... ¿Cuándo acabará la partida? ¿Cuando llegarán los Reyes Magos?
domingo, 4 de enero de 2009
Que la ilusión no se convierta en chantaje
Algunos, todavía, esperamos que nos llame para decir que es una broma...

Casavella se ha ido. Sin decírselo a nadie. Eso creo. ¡Qué cabrón! Dicen las noticias que un familiar cercano se lo ha encontrado muerto sin conocerse todavía las causas. Paro cardíaco, dicen. Perogrullada.
Estuvo con la Canalla Condal desde que se pensaba. Acudía periódicamente a la barra de La Rambla, para iniciar un paseo por los infiernos que tropezaba con la luz blanca de las mañanas de espanto. Conversador inteligente e inenteligible, ¡vocaliza, tío!
Exigía por dignidad el respeto de los editores. Como cuando a Bryce Echenique, que debía presentarle un libro en la Feria de Madrid, le dio un achaque y el editor de turno no se lo comunicó hasta la víspera: “Búscate tú mismo alguien que pueda hablar de tu libro”, le dijo. Y le propuso poetas malditos, cantautores siniestros… Por inercia, Casavella echó mano de agenda y amiguetes hasta que de repente, “¡joder!” Cayó en la cuenta. “Respeto, ostias, respeto”. Y se fue a buscar al editor que estaba cenando en familia para decirle que no, que le dejaba plantado y que no se iba a Madrid en calidad de chicharelo al servicio de un negocio que no era el suyo. “Casavella, tú sabrás lo que haces”, fue lo más convincente que se le ocurrió al editor de turno. En bandeja. “Exactamente, eso mismo, que no me esperes en Madrid”, y se volvió a la barra de La Rambla, a lamerse las heridas y transmutarse en un demonio.
Escritor de método discutible, su cabeza no paraba de funcionar. Hasta que ayer se la paró el corazón, dicen. “Siempre estoy trabajando”, decía, e hizo suyo lo de “por eso la inspiración siempre me pilla trabajando”. Perogrullada.
A temporadas huía. Sus plazos de entrega se lo requerían. Se encerraba a escribir, lejos de la ciudad y de sus infernales secuencias de barras y mañanas sin sosiego. Y su editor de turno pagaba, y sus lectores lo celebraban.
Puto paro cardíaco. Maldita interrupción. Para el que no conozca lo escrito deja páginas para leer, historias por descubrir, personajes con los que jugar. “Salgo de una caverna y entro en la siguiente” dice uno de ellos en su última y laureada novela.
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